Algunas Notas

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http://www.rosario.gov.ar/sitio/noticias/buscar.do?accion=verNoticia&id=23668

Notas realizadas acompañando a Los Viajeros de los Vientos en su paso por Rosario.
Gracias amigos, por tanto. Nos vemos en el camino

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Bases del Ciclismo como Pensamiento Urbano

Las ponderaciones ecológicas y cardíacas del ciclismo son bien conocidas; también su carácter prácticamente inofensivo hacia los otros. Son ponderaciones de sentido común. Pero el ciclismo no sólo cumple con una serie de méritos preexistentes, y si en vez de pensarlo desde un lugar neutro e inercial como el sentido común, apostamos por un pensamiento que sea hallazgo del cuerpo al calor de la tracción a sangre, adquiere el ciclismo un sentido específico.
Una de las virtudes de esa práctica se hace patente en una superficie cada vez más visible en la ciudad: la cara de orto típica de los ciclistas. Ceño fruncido, ojos esforzadamente entrecerrados; cara no tan de orto como de dificultad, de clima adverso. Es que el aire viene cargado de –para empezar a hablar– el humo de los colectivos, la mugre que levantan del suelo, los múltiples desprendimientos de los árboles, violentados hacia uno por el viento o su mera caída, provocando en suma la patente cara. La bici abre acceso a todo un campo sensorial. Y las cosas que se sienten por usarla –fenomenología ciclística– son mucho más variadas que las que el ciclista se pierde por no andar en auto. Y sobre todo más ricas, porque vienen indeterminadas, no anticipadas por un botón luminoso que las define y regula el modo de su presentación a piacere.
Al automovilista los estímulos externos le llegan mediados por superficies que los traducen al lenguaje siempre igual del microclima del auto. La cara de orto de andar en bici es, en cambio, la cara del roce con lo real; si la dicha no se nota es porque no siempre es una cosa alegre.

Habitamos, con frecuencia, imágenes naturalizadas. Por ejemplo, ¿cuántos milenios fue plana la tierra? Se la habitaba como plana; lo que se llamaba tierra era plana. Hoy, en Buenos Aires, hay un corrimiento similar. Del suelo que pisamos tenemos la imagen congelada de una costumbre, pero al revés: la ciudad es mucho menos chata de lo que los porteños asumimos. Esa imagen que aplana la experiencia es por un lado lastre del orgullo agro exportador de la pampa húmeda; todos los dibujos escolares enfatizan la lisura. Pero esa imagen plana tiene también otra procedencia, o mejor, otra constitución: es una chatura hecha de petróleo. Porque nuestra conexión con ese suelo está mediada por la nafta, que nos vuelve imperceptibles muchísimas inclinaciones, lomadas y pendientes que cartografían nuestra Santa María.
En bicicleta, se arma otro mapa de la ciudad. La imagen del terreno urbano recupera progresivamente su tridimensionalidad. Recupera características geográficas perdidas en la insensibilización que el sentido del tacto sufre en el coche, donde se ve monopolizado por la presión homogénea del acelerador bajo la punta de los pies. Ese elemento, el acelerador, redirecciona la afectación que las cuestas producen en el cuerpo hacia la nafta. En bicicleta, en cambio, el cuerpo pasa a ser la medida de las cosas.

El acelerador marca aún otro aporte diferencial que el ciclismo realiza a la salud, en este caso a la salud anímica. Está bastante claro que el estado emocional incide en el modo de transitar la calle; el cuerpo está en juego, no sólo su integridad sino su modo de ser. En el auto, la mayor o menor tensión del conductor tiene un correlato físico imperioso: pisar el acelerador, que siempre ofrece la misma resistencia. Con eso el cuerpo no siente nada, más que velocidad. La gestión de las emociones queda depositada en el objeto.
La tracción a sangre pone al cuerpo en juego de otra forma, en los músculos, en la respiración, en el pulso. Se puede ser más dócil o más exigente con las piernas, se puede pedalear para el deleite físico, se puede buscar el eficientismo o incluso autolacerarse con aceleraciones repentinas. Los efectos del ánimo son inmediatamente físicos; aquí el objeto invita a una gestión corporal de las emociones.

Ahora bien, el ciclismo también es hacia los otros. Hay varios conflictos típicos en los choques callejeros. Por ejemplo, cuando un automovilista quiere doblar a la derecha y se encuentra con un ciclista que está, como corresponde, yendo por esa franja de la calle, tapando momentáneamente el giro. Ahí muchas veces se produce el choque. Digo choques porque aunque no haya colisión física, en estos “conflictos” se significa la presencia del otro como un problema, un estorbo. El otro es un elemento extraño; el ciclista es una partícula de funcionamiento fuera de lugar. Uno, claro está, va a otra velocidad. Al ir a esa velocidad, la introduce en la calle: eso también es cierto. Ir en bici es una propuesta pública de tiempo.
Al poner a los conductores en relación con ese otro tiempo, se les está ofreciendo como posibilidad, pero además, esa temporalidad montada en bicicleta ya es, para el ciclista, una abstención activa, una sustracción íntima al tiempo digital sin cesar promocionado, a esa manía de estar siempre en otro lado, manía de la que la temporalidad del tránsito motorizado es consustancial, redundante.
Entonces por esos dos motivos, es decir, en cuanto por un lado es una resistencia al parámetro temporal mercantil, ya victoriosa en tanto humildemente consumada en uno, y por otro pone a disposición pública ese modo alternativo de sentir el tiempo y la distancia, haciéndole el aguante en el campo de las representaciones de lo posible, el ciclismo es, hoy acá, una saludable militancia política.

Pero como aunque la carnada sea preciosa no siempre hay buenos peces, es preciso andar con mucho cuidado; más de uno sustraería al prójimo del tiempo. No se puede esperar que el que obviamente te va a ver, te vea, ni que el que tiene que frenar vaya a frenar; enseña, el ciclismo, algo tristemente útil en la vida: que a priori no se puede esperar nada de nadie. Es esta la segunda espera que el ciclismo disuelve, después de la del colectivo; bicicleta: acceso de independencia.
Pero estaba en que más de uno sustraería al prójimo del tiempo y que no puede esperarse nada de nadie: por eso el casco. Hace un tiempo escuché una crítica al uso del casco que creo muy extendida. Extendida no porque se la diga mucho sino porque opera mucho; las ideas tienen presencia no sólo cuando son reflexionadas y dichas sino cuando están trabajando (a veces, incluso, son dichas precisamente cuando están en crisis). La crítica decía: “Me parece muy noble lo del casco, pero loco, es horrible, es un atentado contra la estética de la ciudad, habría que prohibirlos”.

“Un atentado contra la estética de la ciudad”. ¿Cuál es la especificidad de la estética urbana? En la calle las cosas se ven de otro modo, su estética se define no según un combinado de forma-color-textura-movimiento sino según su rol en el cofuncionamiento público. Porque en el espacio público, de las cosas importan ante todo sus efectos. Incluso la estética de algunos objetos diseñados eminentemente desde la estética, como muchas ropas o autos, son en la ciudad la estética de decisiones respecto de cómo presentarse en el encuentro público: la estética de la conducta de priorizar (o anular) la estética, o la estética de hacer secta entre los habilitados a ciertas decodificaciones, o la estética del poder adquisitivo, etcétera.

El casco tiene una estética muy clara: la estética del cuidado. Voy a referirme a la estética del cuidado en acción, desde uno de sus efectos: he notado, consultado y reconfirmado que yendo en bici con casco por Buenos Aires se puede pasar fumando marihuana delante de los policías y no se dan cuenta. No lo ven, aunque uno pase muy lentamente; el casco lo hace invisible. El casco demuestra una zona segura: en la perspectiva de esos tipos el casco corona un segmento sustraído del campo potencialmente delictivo. Así, nos volvemos invisibles a los ojos guardianes. Allí está trabajando la estética del cuidado: se asume que el que se cuida a sí mismo cuida a los otros.

De la tragedia Cromañón se ha señalado lo impresionante de que fuera efecto de una cadena de responsabilidades de la que cualquier eslabón, por sí solo, tenía suficiente poder como para prevenir el accidente. Pero lo más grave es que esos mismos eslabones se verían perjudicados si sucedía; no hubo malicia. Si los inspectores, Ibarra, Chabán, los que tiraron las bengalas, Callejeros, se hubieran ocupado de cuidarse seriamente a sí mismos, habrían también cuidado al resto. En Cromañón se ve la precariedad actual de la construcción colectiva del presunto instinto de supervivencia y cuidado de sí, la debilidad relativa que el quilombo social produce en el amarre con la vida.
Quien atropella a un ciclista también tiene altas chances de perjudicarse. Aún así la ciudad es hostil para los ciclistas. No sólo por los autos: desde la vigencia del empedrado se nota que Buenos Aires no está pensada para el ciclismo. Sin embargo, hay gente que quiere presentarse en bici en el tránsito urbano, con sudor y riesgo de sangre. Los ciclistas valen menos que la ilusión de velocidad. Y hay que atreverse a vivir en un entorno que te valora menos de lo que vos te valorás. Es una decisión de vivir como se quiere que sea el mundo aunque el mundo no proponga ese modo de vivir, es hacerle el aguante a la ciudad.

AGUSTÍN VALLE

Fuente: http://slcarchivo.blogspot.com/2009/12/bases-del-ciclismo-como-pensamiento.html
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Bike Polo en Rosario

Nota realizada el 8 de julio del 2012, segundo día del 3er Torneo Nacional.
Hablan Oliver Vitola y Alejandro Aucar Poudes

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Entrevista en Radio Nacional de Córdoba

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Bike Polo en Rosario

Entrevista de Juan Pablo Verardi les para el programa Magazine del Medio Día en Canal 4 de Cablehogar Rosario

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5ta parte: …en las alturas…

Subiendo a San Antonio de los Cobres

Subiendo a San Antonio de los Cobres

Después de varios días sin escribir retomo el relato de mi viaje. Tantas cosas pasaron luego que siempre lo recuerdo y creo que sería bueno terminarlo de escribir acá en el blog…

Salta – Alfarcitos 
¡Cómo cuesta salir de un lugar después que uno se queda unos días! y más si se está en compañía de amigos.
Esta vez salí tarde. Estaba indeciso dónde parar. Pero aproveché el viento a a favor. No me di cuenta lo que había pedaleado hasta que vi un cartel que decía que estaba a 2800 metros sobre nivel del mar. Justo en un pequeñísimo pueblo que se llama El Alfarcito. Hasta ahí, habría hecho 80 km aproximadamente.

Alfarcito

Alfarcito

Ahí me percaté de un edificio nuevo con la puerta del frente abierta. Me decidí y entré a preguntar si podía pasar la noche allí, ya que tenía un techo dónde armar la carpa. Resultó ser un colegio increíble… Le da clases a 70 alumnos y los alberga en el mismo edificio. Tiene comedor y ademas de enseñar contenidos curriculares “normales” (lo digo así porque no se cómo describirlos) enseñan telar y sobre los cultivos de la zona. Pues si bien es bastante árido el lugar cuando uno circula, cada tanto se ven pequeñas casas con plantaciones de maíz, frutas y algunas cabras y ovejas. Y son muy característicos los álamos que circundan estos asentamientos. Lo admirable es que la escuela tenga este enfoque localista-regional e incentive a los chicos a quedarse allí. Ya que la tendencia es que migren a las ciudades.
Todo esto fue obra del padre Chifri. Invito a aquel que esté leyendo esto a que lo busque por internet y sepa de su vida.

Parador "La Griselda"

Parador “La Griselda”

La mujer que me atendió en el lugar, Cecilia, me dijo que no me podía alojar ahí porque ella solo estaba por ese día, porque la escuela estaba de vacaciones. Pero con mucha buena onda me acompañó a un comedor que había cerca donde me dijo que podría encontrar un lugar para poner la carpa. Así conocí a Griselda de 54 años que cocina allí. Un parador bastante particular porque paran muchos extranjeros y en las paredes del comedor todos dejan su huella con un cartelito. Como una vez leí de un escritor: “mientras la gente más da, todo se vuelve más abundante” A pesar de que Griselda al principió pareció dura, charlando un poco uno se da cuenta que tan grande tiene el corazón. Hasta me dejó usar su cocina económica (a leña).

Comedor de "La Griselda"

Comedor de “La Griselda”

La noche era muy oscura y las estrellas brillaban poco. No hay luz eléctrica en el pueblo. Solo algunas casas tienen pantalla solar que les permite prender a penas una lámpara bajo consumo. Después de un rato, el ojo se acostumbra a la oscuridad. Se podía ver titilar el cielo, eran refucilos que los cerros de la quebrada no mostraban.

Alfarcito – San Antonio de los Cobres.
Fue duro arrancar, por el frío. Fue el primer día que use la garrafita y que fue para calentar agua para arrancar con un buen café. Me despedí de Griselda y salí. No pensaba que el camino fuera tan empinado. Además de que a estas alturas uno satura menos oxígeno y el cansancio se siente. Me faltaron solo 5 km para sacarme una foto con el cartel que indica los 4000 msnm Pero creo que debo reconocer mi límite físico, además de que era domingo y quería llegar temprano para buscar un comedor abierto. No tenía provisiones.

Llegué y solo encontré gente que vendía empanadas. Porque los comedores cobraban muy caro. (Más de 50 pesos por un plato de comida). Tal vez porque no soy del lugar… ¿quién sabe..?
El clima sorprendentemente se tornó muy feo. Y fui a la comisaría a ver si me podían ayudar. A esa altura ya me había dado cuenta que mi equipo era insuficiente para resistir las bajas temperaturas. Me dejaron parar en una piecita que tenían para guardar diferentes cosas. Les conté la situación del comedor y me dijeron: “a la noche vamos a ir a pedir nostros” Al final los acompañe en el móvil y el menú era un 70% más barato…

Caminos de puna

Caminos de puna

San Antonio de los Cobres – Lipán
A la noche había llovido torrencialmente, agregado a los 3° de temperatura. Me acuerdo de algunos amigos que dijeron: “te vas al norte en verano para morirte de calor” Cuando pregunté si hacía mucho frío en invierno me mostraron el arroyito que cruza el pueblo y me dijeron, “ese se congela… Llega a hacer – 15°”

caminos de sal

Salí más temprano de lo común, porque no sabía nada del camino. A las 6,30 ya estaba pedaleando. El camino de puna es muysolitario. Recién a las 11,30 de la mañana me cruzó una moto y fue por un camino paralelo a la ruta.
El paisaje de la vieja 40 es muy monótono, desolado y desértico. Creo que descubrí la limitación mecánica de las bidonjas. El camino tenía muchas ondulaciones tipo serrucho y la vibración excesiva hizo que se salieran varias veces. La ruta se puso cada vez más arenosa y se hizo imposible seguir por ese terreno. La solucion fue seguir al costado del camino esquivando los arbustitos puneños. Ahí el suelo era más firme. Pero los bidones seguian saltando. A las 12,30 después de haber hecho casi 60 km pasó un camión volcador que me ayudó a llegar al asfalto, casi 30 km más. Los 2 hombres que manejaban iban a comprar panes de sal a Salinas Grandes y aproveché el viaje. Como ya era medio día almorcé en pequeño tinglado donde también comen los trabajadores de las salinas. Tuve la oportunidad de conversar y enterar de la realidad de estos trabajadores. Tal vez de forma irónica y propagandística faltaría un cartel como los que ya había visto en otros lugares que diga: “Aquí también la nación crece” La desigualdad de salario, ganancias, y oportunidades es avismal.
En el patio trasera del barba, la puna, planicie de 3500 msnm, la necesidad hace que el hombre se transforme en una maquina, en un ladrillo más de la base de una pirámide que enseña y adoctrina a no mirar al que tenemos al lado, a no sentir, a no respirar. Y el que piensa se lo trata de loco, anormal.

Pregunté a varios turistas si hasta la cuesta de Lipán había muchos km. La respuesta en gral fue que habí 20 km aproximadamente. Así que a las 14 me lancé a conquistar el Abra de Lipán. Pero lo que pense que me llevaría 1 hs o 2. Me llevo entre 4 y 5 hs. Porque además de ser 45 km hasta la cima. Los últimos 10 eran muy empinados. Podría decirse que “hice cumbre” a las 18,30… (me gustan estos términos alpinistas)
Estaba muy feliz lograr eso por uno mismo. ¿ Se siente uno más cerca de dios? Los ojos se bañan solos cuando uno supera un reto como este. Cuando llegué estaban los típicos contingentes turísticos sacándose fotos. Esperé mi turno para sacarme la infaltable foto con el cartel que indica la altura. Presté la cámara y con mucho esfuerzo subí la bici por unas piedras. Al rato los turistas siguieron camino y el silencio inundó el lugar. En ese instante me acordé del esfuerzo, de casi todo el viaje hasta ahora y de muchas cosas más que se escapan cuando uno destapa la memoria.

La conquista del abra

Después, como siempre digo, la felicidad tiene forma de bajada. La cuesta de Lipán tiene 20 km aproximadamente y va desde los 4200 msnm hasta los 2100 msnm donde está Purmamarca. Sigue bajando un poco más hasta la ruta 9 pero es casi imperceptible.

LLegué a lipán un pequeño pueblo…. aunque no se si llamarlo así, tiene 3 casas, una iglesia y una escuela. Al llegar una mujer de unos 60 años bajaba del cerro con una pala en la mano, estaba “paleando la acequia” y le pregunté si me dejaba quedarme esa noche ahí. Y como es costumbre acá, la mujer sin mirar a los ojos respondió. “Yo no se, pre preguntele al hombre que vive arriba”. Daminán que viva en una casa de adobe, al lado y un poco más arriba de la escuela, tiene una pequeña granja con zapallos, árboles frutales y maiz. También hace changas en la ciudad. Pero vive ahí porque le gusta la tranquilidad.

La puna tiene la capacidad de hacer que los pensamientos se vayan por cualquier lado. Técnicamente se necesitan algunas particularidades. Tal vez yo si hubiera tenido algunos equipos mejores, me hubiera animado a pasar más días. Pero 3 días en total fueron suficientes…

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4ta Parte. Amistades y Paisajes

Monteros – El Mollar

La cuesta de Tafí es una subida que se parte desde los 900 m.s.n.m. aproximadamente y se llega hasta los 2100 m.s.n.m. al valle de Tafí, en 60 km. Se atraviesa por montañas con una vegetación muy tupida, flora y fauna muy variada. Me reconozco en la ignorancia de no poder reconocer estas formas de vida. Pájaros, plantas, árboles, frutos, tanta biodiversidad condensada en un solo lugar contrasta con los paisajes anteriores que me debajó sin palabras. Después de un paraje que se llama “el indio”, dónde el consumismo de artesanías también está presente y dónde hay una escultura muy particular en homenaje a los pueblos originarios, que fueron desplazados en los S. XVI – XVII  por colonizadores… (¿civilización, barbarie, o genocidio?), comienzan las pendientes más pronunciadas, curvas y contracurvas, que algunas te dejan sin aliento pero nunca sin ganas de pedalear. Llegando al valle, la vegetación se hace más baja, e incluso las laderas de las montañas que son precordilleras muestran un pasto que pareciera una alfobra.
Llegué a El Mollar a la casa de unos familiares. Por unos días no tuve que pensar en qué cocinar. jeje!

El Mollar – Cafayate

El día de viaje, como siempre empezó temprano. En las montañas el sol ilumina a media mañana pero empieza a clarear temprano.
Con respecto a lo físico, el primer desafío era “el infiernillo” una posta colonial a los tres mil metros, punto más alto del camino, y luego tendría la bajada a Amaicha del valle. Las bajadas son la felicidad en persona. Con respecto a Tafí, me pareció literalmente “muy turístico”… Igual yo pasé en temporada… (2da semana de enero). Salí a las 7 de la mañana y a las 10 había llegado al Infiernillo.  Paré a sacarme la típica foto con el cartel de la referencia histórica y conocí a otro viajero, pero él en moto.

Roberto es de casilda y viaja para conectar consigo mismo. Eligió el NOA porque cree que es un lugar en donde conseguirá esta conexión. Me identifiqué mucho con su fundamento de viaje. Creo que yo también busco algo muy parecido a él en este viaje.
Bajé a Amaicha pasando por la “cuesta de los cardones” donde hay una referencia histórica de una batalla de gente que jamás oí nombrar. Tal vez porque no aparecen en la historia de Billiken. Y como antes me reconocí en la ignorancia. ¿Cuánta historia que no conozco? ¿Cuánto país que es Argentina? ¿Cuántas cosas que pasaron en el espacio que habito, y no se nada?
La vegetación de este valle es mucho más árida y el clima más cálido. En la plaza central de Amaicha hay un cartel que dice que hay 360 días de sol al año. Como había llegado antes de lo esperado decidí seguir. Y saliendo del pueblo me cruzo de nuevo con Roberto que tuvo que ir hasta Santa María (catamarca) para conseguir combustible.
Seguí camino pasando las ruinas de los Quilmes y por Colalao dónde estaban festejando el pre-carnaval de la Pachamama. Por ahí me crucé con mi amigo de Casilda que me alentó a llegar más lejos de lo que tenía pensado con “Si llegás a Cafayate te invito un vinito y charlamos”. Paré en el camping donde estaba él, con tanta casualidad (¿existen las casualidades a esta altura?) que había cuatro viajeros en bici: 2 venían de jujuy (que no conocí) y los otros 2 , Jony, artesano, y de Máximo Paz, pueblo muy cerca de Rosario. Él salió de sui casa en noviembre y pasó por Buenos Aires, cruzó Río Negro, Neuquen, Mendoza, Catamarca, Tucumán y ahora Salta. Me sorprendió muchísimo escuchar sus kilómetros recorridos porque su bici es bastante precaria y simple. Y Diego, ingeniero agrónomo, nació en Buenos Aires pero vive en Villa María (Córdoba). Él se tomó el tren a Tucumán y de ahí partió para jujuy a visitar a un amigo. Juntos Pedaleamos hasta Salta. No sin antes compartir los 4 unas buenas empanadas y un vino.

Diego, Jony, Roberto y yo

Increíble que 4 viajeros conecten entre sí de esta manera. O tal vez no, a mi me sorprendió que todo sea tan espontaneo y que se de con tanta buena vibra. Fueron momentos que disfruté muchísimo. Después de momento de soledad que brinda la ruta, lo bueno es encontrarse con gente así. ¡Gracias amigos de viaje!

Cafayate – Talapampa

Salí con Diego y Jony, un poco más tarde de lo acostumbrado porque quería descansar después de haber hecho 137 km. A la salida de Cafayate robamos unas uvas de un viñedo y encaramos la Quebrada de Cafayate.

Un lugar increíble ¡Cuánto país que tenemos y no conocemos! Lo que me molestó mucho es encontrar mucha basura al costado de la ruta. Y no encontrar ni un tacho de basura al costado del camino. Paramos a almorzar en un punto panorámico que se llama “garganta del diablo”. La quebrada forma una entrada en la roca muy particular y de un intenso color rojizo.
Cerca de donde estabamos sentados recobrando energías con nuestras provisiones había un hombre vendiendo artesanías, con una vincha y una pluma. Lo primero que pensé fue: “Que feo que se tenga que disfrazar para poder vender”. Como estábamos sentados en un lugar donde este artesano había dejado una caja, luego se nos acercó. Aproveché la oportunidad para charlar. Y resultó ser un sub cacique de la comunidad Diaguita que cuenta con 500 personas viviendo en la quebrada. La pregunta clave para que se largara a hablar con confianza fue: “¿El estado los ayuda con algo?” Sus ojos fueron la mejor respuesta. Essta comunidad está dividida entre los defienden su tierra, sus costumbres, tradiciones, y no reciben dinero estatal y los que sí reciben dinero para no abrir la boca cuando el estado usurpa tierras. ¡Cuántas identidades que no son tomadas en cuenta!
Seguimos camino y esta vez presté más atención a las casitas de adobe que se camuflan con la vegetaciónm y las paredes de roca de la quebrada. A gente como yo, que vive “en la ciudad”, le sorprende que tantas personas vivan en un lugar tan extremo. Extremo en el sentido climatológico y también creo que no debe ser fácil tener agua potable o electricidad. Pero la gente vive. Tal vez no con la abundancias de una ciudad grande como Rosario, o mejor deicho sin las tentaciones de consumo como las que se dan en una ciudad.
Pasamos por un pequeño pueblito que se llama Alemanía y me dio muchas ganas de quedarme, pero mis compañeros quería seguir. Este pueblito tienen a desaparecer, “porque por acá no pasa más el tren” dicen los del lugar que era su principal movilización económica. Pero más me sorprendí cuando me enteré que desde el gobierno de C. Menem es que no pasa (menos de 2o años) Otra cosa que el gobierno destruyó y jamás arregló. En su estación de tren hay un poema:

Pueblo

Mientras espera la estación vacía
el tren que nunca llega con su carga
un algarrobo siente que alarga
su raíz entre los hierros de la vía

Sombra de Guayacán algarabía
luz que aparece y de nostalgia embriaga
la puerta de una casa que se encarga
de guardar bajo llave su alegría

Cerros de la Quebrada frente a frente
unidos por las vertebras del puente,
elevan entre las nubes su homenaje

Río de adobe y sal, Alemanía
por antojo de Dios o fantasía
encierra al paraíso tu paisaje

Autor: Marcelo Sutti

¡CUANTAS REALIDADES EN TAN POCOS KILÓMETROS!
Después paramos en el pueblito siguiente, Talapampa, donde conocimos a Silvia, la enfermera del dispensario que nos facilitó una ducha y también nos dio lugar para guarecernos de las nubes amenazantes en un galpón detrás del dispensario.

Talapampa – Dique Cabra Corral (Cnel Moldes)

Empezamos muy tranqui a la mañana, yo con bronca porque no pude cargar la cámara de fotos, pues el cargador que había llevado no carga las baterías de la cámara, solo me sirvió para cargar el mp3. El camino que nos esperaba era corto así que rápidamente llegamos a Coronel Moldes. Ahí aproveché en un cyber a  dejar la cámara y consultar internet. De vez en cuando estas conexiones son útiles pero soy bastante reacio a esto porque tengo la sensación que me pierdo de experiencias por vivir.
Almorzamos y partimos hacia el dique para un camping que les habían recomendado a mis compañeros, los otros viajeros de cafayate. Pero nos decidimos por el camping municipal que estaba muchísimo más barato que el otro.
A la noche nos llovió y bastante fuerte. Por suerte había preparado mucho mejor la carpa y no tuve problemas. El si tuvo inconvenientes fue Jony que no tenía un buen sobretecho, además de que había elegido un mal lugar par armar la carpa.

Dique Cabra Corral – Salta, capital

 Nos levantamos temprano para guardar el equipaje y desayunar. Tuvimos que limpiar bien las carpas por la lluvia y salimos para Salta. Camino muy transitado (claro! Cerca de la capital) Almorzamos en Cerrillos por muy poca plata, platos muy abundantes. 

Llegamos al camping Xamena, donde me despedí  de mis compañéros de viaje porque yo pararía en la casa de un amigo que vive allá y que estudia en Rosario.
La experiencia de viajar con compañeros fue fabulosa. Pero era hora de continuar mi camino. Yo no sabía que camino iba a elegir, pero quería quedarme unos días con mi amigo, y disfrutar un poco de buenas charlas, y buenas comidas.

La mula de Jony

La mula de Diego

 ¡Gracias Jony y Diego por tantos momentos compartidos!

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